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Los premios Darwin y El muchacho suicida



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El 20 de abril de 2008 el sacerdote Adelir Antonio de Carli, de 42 años, se dispuso a batir un récord de permanencia en el aire sostenido por globos de fiesta multicolores inflados con helio.


El sacerdote Adelir Antonio de Carli


De Carli partió de Paranaguá, al sur de Brasil, con destino a Dourados, cerca de Paraguay, sin embargo el viento lo alejó hacia el sur, mar adentro. Llevaba un transmisor para comunicarse con la gente de tierra y un GPS, pero las baterías del transmisor se le acabaron rápidamente porque había olvidado ponerlo a cargar la noche anterior y el GPS nunca aprendió a usarlo. En su última comunicación solicitó que alguien le enseñara a utilizarlo. Más de dos meses después de su vuelo, el 3 de julio, un remolcador encontró el cuerpo inerte del sacerdote a más de 100 kilómetros de la costa de Maricá.


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Actualización 2010: ¿Esto no os recuerda nada?


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Este caso ha vuelto a poner de moda los Premios Darwin ver enlace en una ventana nueva.

Los premios Darwin


Estos premios galardonan a los individuos que protegen nuestro patrimonio genético a través del sacrificio máximo: eliminándose a sí mismos de modos extraordinariamente idiotas, mejorando por lo tanto las posibilidades de la raza humana para sobrevivir a largo plazo. Para decirlo más claro: son cuentos morales acerca de gente que se ha matado a sí misma de las maneras más estúpidas, y, al hacerlo, han mejorado significativamente el patrimonio genético, eliminando sus propios genes del proceso evolutivo. Para más información en español sobre estos premios, lea este artículo de Marcelo Dos Santos ver enlace en una ventana nueva.




Os trascribo un artículo publicado en la columna "Seré Breve" por Quim Monzó en la revista semanal Magazine el 5 de Diciembre de 1999...

EL MUCHACHO SUICIDA


Los relatos de muertes estúpidas fascinan. De esa fascinación nacieron, hace ya años, los premios Darwin, que se conceden a aquellas personas que mueren a consecuencia de su proceder estúpido. Su éxito ha hecho que en sus últimas ediciones dejen de ser tan americocéntricos y se abran a Europa.

En la revista vienesa "Profil" hablan ahora de un libro de Helmut Krausser y Marcel Harges, publicado en Alemania hace unos meses, y que recoge las muertes más fascinantes de los últimos años. Están en la raya de la estupidez de las muertes de los Darwin, pero más complejas porque los que mueren no lo hacen necesariamente por errores propios. Figuran historias con un cierto tufo a leyenda urbana, como la del submarinista que aparece en lo alto de una montaña de Grecia engullido por uno de esos aviones que toman agua del mar para apagar incendios. Y alguna otra conocida, como la de los dos coches que van por una carretera alemana, en direcciones opuestas. A pesar de circular muy cerca de la línea divisoria entre los sentidos de la carretera, no hubiese pasado nada si ambos conductores no hubiesen sacado la cabeza por la ventanilla, reventándosela mútuamente. Otras historias son más grotescas. La de un cirujano de Guayaquil que entra en el quirófano dispuesto a una sencilla operación de intestino. Pero utiliza un bisturí demansiado caliente, los gases intestinales del paciente se inflaman y explota. O la de un mexicano que, en dos meses, sufre cuatro accidentes de tren y en todos los casos se salva. Después, un día, jugando con el tren eléctrico de su hijo -¿lo adivinan?-, muere electrocutado.

La más fascinante de esas historias tiene lugar el 21 de marzo de 1994. Es, casi, cuento redondo. En EE.UU., un muchacho decide suicidarse tirándose desde la azotea de un edificio de nueve pisos. Desgraciadamente para sus intenciones, en el octavo piso hay una red de seguridad instalada por si alguno de los que limpian los cristales resbala y cae. El muchacho ve así interrumpido su viaje hacia la calle. Ha caído desde el décimo piso -la azotea- hasta el octavo, y ahí se queda, tirado en la red. Con esa caída tan corta debería estar vivo, pero no es así porque, al pasar por delante de la ventana del noveno piso, lo ha matado un disparo procedente del interior. En ese noveno piso, se peleaba un matrimonio de edad avanzada y, en el crescendo de gritos y amenazas e insultos, el hombre ha cogido su escopeta de caza y ha disparado a su mujer, con mala puntería. Ha sido ese balazo el que, al salir por la ventana, ha matado al muchacho.



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Pero la historia no acaba aquí porque empieza mucho antes. En el momento culminante de sus disputas conyugales, el hombre tenía siempre la costumbre de coger la escopeta de caza y amenazar a su mujer; pero la escopeta estaba siempre descargada, y eso lo sabían, tanto él como ella, con lo que en cierto modo quedaba claro que blandía la escopeta para descargar la ira, sabiendo que no la iba a matar.

Entonces, ¿por qué ese día sí estaba cargada? El misterio desaparece pronto. Un testigo declara haber visto al hijo del matrimonio cargarla unas semanas antes. Según parece, su madre le había cortado su asignación económica y el muchacho, odiándola como a veces se odia en la adolescencia y conociendo la afición del padre por coger la escopeta cuando se peleaban, la cargó, confiando en que, a la siguiente discusión, su padre tomase la escopeta, apuntase como siempre a su madre y disparase, esta vez con bala. Pero pasan las semanas y el matrimonio no se pelea. Decepcionado, el muchacho cree que su plan ha fracasado y, harto de todo, decide suicidarse. Sube a la azotea del edificio de nueve pisos y se tira.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A mi también me gustaría hacer lo de los globos juajua

zcgt21 dijo...

Es increíble la historia del joven suicida, y como empezó todo es un real WTF, aunque ya habia leido de los premios Darwin esta historia es increible.

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